Los años oscuros


La intensa actividad que Nelson Mandela desplegó contra el apartheid sudafricano provocó que pasara buena parte de su vida en prisión, 27 años y medio de forma ininterrumpida. Allí, pese a la privación de libertad, la separación de su familia y las duras condiciones de vida, desarrolló una serie de estrategias que, lejos de doblegar su espíritu, le permitieron seguir adelante y mantener intacta su dignidad. Lo que él mismo denominó “Los años oscuros” labraron, en fin, su personalidad y contribuyeron a modelar su figura, siempre perseverante y combativo, pero a la vez tolerante y abierto.

La larga historia del encarcelamiento de Nelson Mandela arranca en junio de 1952, cuando era ya un destacado activista del Congreso Nacional Africano (CNA) y recibe el encargo de poner en marcha la Campaña del Desafío a las Leyes Injustas, una vasta serie de movilizaciones de desobediencia a las normas del apartheid. Esto le hizo muy famoso y le convirtió en un referente para la juventud negra, pero, a la vez, provocó que el Gobierno racista sudafricano le pusiera en su punto de mira. Detenido en julio, fue inhabilitado para participar en actos públicos y pasó sus primeros seis meses en la cárcel.

Sin embargo, a estas alturas, Mandela ya era consciente de que su vida iba a estar marcada por el sacrificio personal. Su actividad al frente del bufete de abogados que abrió con su amigo Oliver Tambo y, al mismo tiempo, como destacado miembro del CNA volvió a acarrearle problemas con la Justicia. Entre 1952 y 1960 entró y salió varias veces de prisión. Hasta que llegó la matanza de Shaperville.

El 21 de marzo de 1960, la Policía disolvió una protesta cargando contra la multitud y disparando sin ningún reparo, matando a 69 personas, lo que generó una oleada de protestas en todo el país y la ilegalización del CNA. Mandela, convencido ya de que la lucha pacífica no iba a dar frutos frente a un régimen tan brutal, pasó a la clandestinidad y fundó el movimiento llamado Umkhonto we Sizwe (Lanza de la nación), conocido como MK, brazo armado del CNA que promovió acciones violentas y de sabotaje contra el Gobierno. A partir de entonces, Mandela fue considerado un terrorista no sólo por el régimen sudafricano sino por la ONU.

En 1962 salió de Sudáfrica buscando fondos para su lucha armada y recibió entrenamiento militar en Argelia y Etiopía. Pero a su vuelta a Sudáfrica, en agosto, fue detenido de nuevo y condenado a cinco años de prisión. Mientras estaba en la cárcel, la Policía registró el cuartel general secreto del CNA en Rivonia y detuvo a los dirigentes de esta organización. Entre los documentos confiscados se encontraba el diario de Mandela durante su viaje al extranjero, por lo que se le añadieron los cargos de terrorismo y conspiración para derrocar al Gobierno. En 1963 pasó de la Prisión Central de Pretoria a la cárcel de máxima seguridad de Robben Island y el 12 de junio de 1964, tras el juicio conocido como Proceso de Rivonia, fue condenado, junto a otros siete dirigentes del CNA y el Partido Comunista Sudafricano, a cadena perpetua. Tenía 45 años.

En Robben Island, el Alcatraz sudafricano, las condiciones de vida eran durísimas. Mandela llamó a aquellos primeros años de encarcelamiento en su libro de memorias “Los años oscuros”. La prisión estaba totalmente aislada del mundo exterior. No se permitían periódicos ni relojes, las luces permanecían encendidas 24 horas al día y las visitas estaban limitadísimas. A Mandela, como a otros prisioneros negros, les daban ropa de peor calidad y menos comida que al resto. El objetivo estaba claro: doblegar el espíritu de los presos. Sin embargo, Mandela se irguió frente a la adversidad y decidió defender, ante todo, su dignidad.

Cada día, los reos debían acudir a picar piedra en la cantera de la mañana a la noche. Pero Mandela y sus compañeros plantearon una resistencia pacífica y organizada. No corrían, no llamaban jefes a sus carceleros ni aceptaban órdenes injustas. Al poco tiempo, los guardianes ya sabían que Mandela era el líder e, impresionados por su entereza, comenzaron a admitirlo y a tratarlo como tal, rompiendo las propias normas de la cárcel. Se había ganado el respeto de los policías y, con los años, estos se dieron cuenta de que no podían tocarle, que aquel hombre era merecedor de un trato más justo.

Este combate sordo en el interior de Robben Island y los logros conseguidos (poco a poco empezaron a recibir periódicos, mejor ropa y en 1976 triunfaron en su demanda de que se acabaran los trabajos forzados) no mitigaron nunca el dolor que sufrió Mandela por la separación de su familia. El día en que su hijo Thembi falleció en un accidente de tráfico en 1969, ni siquiera se le permitió asistir al funeral y él sabía que su amada mujer Winnie estaba siendo perseguida en el exterior. Para combatir la pena, Mandela se refugió en la gimnasia, la lectura y los estudios (se matriculó en el programa de educación a distancia de la Universidad de Londres donde obtuvo una Licenciatura en Derecho).

Y así pasaron 18 largos años. Mientras tanto, en el exterior, Mandela se había convertido en un símbolo de la opresión del régimen sudafricano. En 1976, un grupo de estudiantes negros es tiroteado en la ciudad de Soweto y mueren cientos de ellos. Las presiones exteriores contra el Gobierno se redoblan. La causa de Mandela, el prisionero 46664, coge una fuerza increíble y el régimen del apartheid empieza a ser acorralado. Como consecuencia de todo ello, en abril de 1982, Mandela y otros prisioneros son transferidos de Robben Island a la prisión de Pollsmoor, en Ciudad del Cabo, donde las condiciones eran menos duras.

Las cosas estaban cambiando, pero no estaban del todo maduras. Por eso, Madiba rechaza en 1985 una oferta para salir de prisión si renunciaba de forma explícita a la violencia, pero, al mismo tiempo, entabla relaciones secretas con el Gobierno sudafricano. A esas alturas él sabía que el régimen le necesitaba vivo y libre, pero no estaba dispuesto a asumir una derrota o a ceder un ápice en su dignidad. Cinco años después, el 11 de febrero de 1990, salía al fin libre. Había estado 27 años y seis meses ininterrumpidos en la cárcel. Tenía 71 años.

Durante la larga temporada que pasó en la cárcel de Robben Island, Nelson Mandela mantuvo con él un viejo poema en una hoja de papel llamado Invictus, obra del poeta inglés Willian Ernest Henley, quien lo escribió cuando se encontraba postrado en una cama de hospital. Tal y como ha reconocido el propio Mandela, este poema le sirvió para darse ánimos y no olvidar nunca los motivos que le habían llevado a tanto sufrimiento. El poema dice así:

En medio de la noche que me cubre,
Negra como el abismo de polo a polo,
Agradezco a cualquier dios que pudiera existir
Por mi alma inconquistable.

En las feroces garras de las circunstancias
No me he lamentado ni he llorado.
Bajo los golpes del azar
Mi cabeza sangra, pero no se doblega.

Más allá de este lugar de ira y lágrimas
Se acerca inminente el Horror de la sombra,
Y aún así la amenaza de los años
Me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecha sea la puerta,
Cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.

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