El Mandela más pragmático, según Stengel


El 9 de julio de 2008, días antes del noventa cumpleaños de Nelson Mandela, el periodista y escritor Richard Stengel, quien redactó junto a Madiba muchas páginas de su autobiografía El largo camino hacia la libertad, publicó un precioso artículo en la revista Time titulado Mandela: sus ocho lecciones de liderazgo. Aprovechando la amistad que le unía al Premio Nobel de la Paz y la confianza entre ambos, el periodista desgranaba algunas anécdotas de su vida y extraía de ellas enseñanzas que, a su juicio, podrían ser útiles para aspirantes a líder. Estas son las “reglas de Madiba” que revelan el lado más pragmático del hábil político.
    1. El valor no es la ausencia de miedo, es inspirar a otros a superarlo
    En 1994, durante la campaña electoral para las elecciones presidenciales, Mandela se subió a un pequeño avión de hélices para volar hasta Natal, donde debía dar un mitin. Durante el vuelo, uno de los motores falló y cundió el pánico a bordo. Sin embargo, Madiba se mantuvo en todo momento leyendo el periódico como si no ocurriera nada, lo que contribuyó a tranquilizar a todo el mundo. Al aterrizar, admitió al propio Stengel que estaba “horrorizado”.

    Mandela siempre ha admitido haber sentido miedo en muchos momentos de su vida, como el tiempo que pasó en las comisarías del apartheid o en la prisión de Robben Island. “Hubiera sido irracional no sentir miedo. No puedo pretender ser tan valiente. Pero hay que poner siempre buena cara”. Esta es la primera lección. Como líder, hay que transmitir en todo momento calma. El propio Mandela perfeccionó su técnica en la cárcel, paseando por el patio siempre erguido y orgulloso, actitud que logró transmitir a los otros presos y con la que, a la vez, se dio fuerzas a sí mismo para triunfar sobre su propio miedo.

      2. Lidera desde el frente, pero no olvides a la base
      En 1985, aún en prisión, Mandela fue operado de la próstata y, durante su recuperación, fue separado de sus compañeros por primera vez en 21 años. Estos protestaron. Sin embargo, Madiba les convenció de que podían extraer algún beneficio de la situación. Y así fue. Tras décadas de defender que una persona presa no podía negociar y que lo único que doblegaría al apartheid era la lucha armada, Mandela comenzó a negociar en solitario con el régimen sudafricano. Asumió un gran riesgo. Sus compañeros y los militantes del ilegalizado Congreso Nacional Africano pensaron que los estaba traicionando.

      Como líder, dio un paso adelante. Pero no olvidó la importancia de la base. Habló con todos y cada uno de sus compañeros de Robben Island y les transmitió lo que estaba haciendo. Para Mandela, el objetivo inquebrantable era el derrocamiento del apartheid. El resto, negarse a negociar o la violencia, sólo eran tácticas. Según Stengel, era “el más pragmático de los idealistas” e iba siempre muy por delante del resto, pensaba en clave de décadas, de futuro, no de meses o años, algo que aprendió en la soledad de su estrecha celda. Sabía que el régimen de segregación racial caería algún día. “Las cosas serán mejor a largo plazo”, solía decir.

        3. Lidera desde atrás y deja que otros crean que están delante
        Durante los años que Stengel pasó junto a Mandela escribiendo El largo camino hacia la libertad, éste solía rememorar sus años de infancia cuando, por las tardes, pastoreaba el ganado. “Sólo puedes conducirles si vas detrás”, solía decirle, arqueando las cejas para que el periodista captara la comparación. Los años que pasó junto a Jongintaba, el rey tribal que lo crio tras la muerte de su padre, fueron, en realidad, un gran aprendizaje. Mandela observaba cómo su padrino reunía a su corte en un círculo y sólo empezaba a hablar cuando todos habían ya expresado sus opiniones. “El trabajo de un buen jefe no es decir a la gente lo que debe hacer, sino alcanzar el consenso. No hay que entrar en el debate demasiado pronto”, decía.

        Esta experiencia la aplicó luego a sus años de presidente. En su casa de Johannesburgo, Mandela reunía a su gabinete, cuyos miembros le exhortaban a ser más rápido, más radical en las reformas. Él escuchaba a todos y hablaba siempre al final, haciendo un resumen de lo dicho y dejando caer sutilmente sus propios puntos de vista. “Es una buena idea”, decía, “convencer a la gente a hacer cosas y hacerles creer que la idea ha sido suya”.

          4. Conoce a tu enemigo y aprende de su deporte favorito
          A finales de los años sesenta, Mandela empezó a estudiar la lengua afrikaans. Sus compañeros de lucha no podían entenderlo, se extrañaron de su decisión, pero él sabía lo que hacía, quería entender la visión del mundo afrikaaner porque era consciente de que, en algún momento, lucharía o negociaría con ellos. En ambos casos, su destino estaba unido al de sus rivales. La estrategia era doble. Por un lado, conociendo su lengua se acercaría a sus fortalezas y debilidades. Por otro, se congraciaría con ellos. Los carceleros de Mandela se quedaron impresionados por la facilidad con que se desenvolvía en su lengua y sus conocimientos de historia afrikaaner. Pero no se quedó ahí. Empezó a interesarse por el rugby, el deporte más querido por los sudafricanos blancos, y comenzó a comentar con sus guardianes acerca de equipos y resultados, jugadores y clasificaciones.

          Según Stengel, Mandela comprendió aquellas cosas que los negros y los afrikaaners tenían en común. Ambos se sentían africanos y también se sentían objeto de prejuicios: los ingleses blancos miraban a los afrikaaners con superioridad y estos se sentían inferiores respecto a ellos. Mandela explotó estas similitudes. Y ayudando a sus carceleros, las figuras en teoría más brutales y rudas del régimen, con sus problemas legales en su propio idioma descubrió algo fundamental: que se podía negociar con ellos

            5. Mantén a tus amigos cerca… y a tus enemigos aún más cerca
            Cuando Mandela salió de prisión, incluyó a algunos de sus carceleros entre sus amigos y metió en su primer gobierno a aquellos que lo mantuvieron tanto tiempo en la cárcel. Con el presidente de Klerk inició una rápida relación de amistad y por eso luego se sintió traicionado cuando este le atacó en público.

            Mandela pensaba que rodearse de sus rivales era también una forma de controlarlos, de hacerlos más inofensivos que si estaban cada uno por su lado. Apreciaba la lealtad, pero no le obsesionaba. Solía decir que “la gente actúa en su propio interés”, pero no como algo peyorativo sino como una constatación de la naturaleza humana. Como buen optimista, confiaba en la gente. Pero Mandela entendió que la mejor manera de tratar con aquellos en los que no confiaba era “neutralizarlos” con su encanto. Y de esto le sobraba.

            6. Las apariencias sí importan… y no olvides sonreir
            Años cincuenta. Mandela era un pobre estudiante de Derecho en Johannesburgo que solía vestir con trajes raídos. Un día fue a ver a Walter Sisulu, joven líder del Congreso Nacional Africano al que no le estaba yendo mal en la vida. Mandela vio un referente. Sisulu vio el futuro. “Yo estaba intentando convertir al CNA en un partido de masas. Y aquel día un líder de masas entró en mi despacho”, dijo Sisulu, “era un joven alto y apuesto, un boxeador amateur que se desenvolvía con el aire real del hijo de un gran jefe. Y tenía una sonrisa que era como el sol saliendo en un día nublado”.

            Mandela comprendió rápidamente la importancia de la imagen y el aspecto personal. Como abogado, intentaba ir siempre muy bien vestido y cuando se convirtió en líder del brazo armado del CNA insistía en ser fotografiado con barba y aspecto más “guerrillero”. Tras salir de prisión, en su campaña presidencial, siguió explotando la imagen. Consciente de sus carencias como orador, “vendió” su iconografía. Por ejemplo, no olvidaba casi nunca bailar el toyi-toyi, la danza tradicional de los suburbios. Y, sobre todo, no olvidó nunca su irreductible sonrisa, pese a que, tras 27 años de encierro, tenía muchos motivos para estar enfadado. “La sonrisa era el mensaje”.

            7. Nada es blanco o negro
            Una vez, Stengel preguntó a Mandela si decidió abandonar la lucha armada porque se dio cuenta de que por esta vía no podría derrocar al Gobierno o bien porque con la no violencia podría atraerse el favor de la opinión internacional. Y Mandela respondió: “¿Y por qué no las dos?”. Para el líder sudafricano, casi nunca las cosas eran de sí o de no, de blanco o negro. Nada es sencillo y Mandela se sentía cómodo con estas contradicciones.

            Cuando alcanzó la Presidencia de Sudáfrica, mantuvo su lealtad con dos jefes de Estado que habían ayudado mucho al CNA, pero que eran considerados hostiles por Estados Unidos, como Gadafi en Libia y Fidel Castro en Cuba. Siempre decía que los estadounidenses tenían tendencia a ver el mundo en blanco y negro, sin matices, y que esto era un error. Incluso con el apartheid, su gran enemigo, tenía tendencia a entender sus causas históricas, sociológicas y psicológicas, lo que muchas veces no fue comprendido en su entorno.

            8. Abandonar también es liderar
            En 1993, Mandela lanzó la propuesta de reducir la edad mínima para votar a los 14 años. Pero nadie le apoyó, se quedó solo. Sin embargo, supo renunciar. Lo aceptó con humildad, no se enfadó. Saber abandonar una idea o renunciar a ella es una gran prueba para un buen líder. La mejor prueba de que Mandela sabía retirarse a tiempo fue su propia salida del poder.

            Podía haberse quedado como presidente de por vida, en cierta manera Sudáfrica se lo debía por sus 27 años en prisión. Sin embargo, quería sentar un precedente en su país y en un continente donde pocos líderes deciden abandonar el poder de forma voluntaria. En cierta forma hizo justo lo contrario que su amigo Robert Mugabe, dio a luz un país pero se negó a mantener a sus ciudadanos como sus rehenes. Sabía que su tarea era fijar el rumbo, pero no dirigir la nave para siempre.

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